SANAR LA RELACIÓN CON LA MADRE Y CONVERTIRNOS EN NUESTRAS PROPIAS MADRES

La relación con nuestra madre es nuestra primera aproximación a todo nuestro universo emocional, a través de ella empezamos a experimentar nuestro cuerpo y son sus experiencias las primeras que sentimos.

El ambiente emocional vivido por nuestra madre será decisivo en el proyecto de vida inconsciente que nos tracemos, a eso le han llamado desde la medicina psicosomática: “El proyecto sentido gestacional”, si ella esperaba un chico o una chica, si ella se sentía abusada o subvalorada, si vivió alguna situación desde la impotencia o el anhelo, esa vivencia se instaura en nosotros como un sello o hipnosis que determina nuestra personalidad y futuras elecciones, porque tal vez busquemos reparar esa experiencia o protegernos de volverla a vivir.

 

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Nuestro inconsciente puede intentar protegernos de encontrar personas que quieran comprometerse, por temer a un matrimonio que puede ser considerado como un escenario peligroso y nos protege de vivirlo, aunque no lo sepamos, puede ocurrir que considere la maternidad como inconveniente o nociva y evite que llegue a nuestra vida, después de todo, el instrumento a través del cual actúa nuestro inconsciente al protegernos es nuestro cuerpo.

Esas situaciones podrán impactar nuestra vida profesional y financiera también, sin que seamos conscientes de ello.

Mas tarde, esa relación que desarrollamos con nuestra madre y con su arquetipo, definirá nuestro concepto sobre el género femenino y determinará a la niña en su auto definición.

Si tenemos una madre nutridora, empática, creativa y que confía en su naturaleza intuitiva, integraremos una mujer sustancialmente distinta a aquella que desarrollamos si por el contrario integramos a una madre víctima, controladora, competitiva o manipuladora, de la que seguiremos protegiéndonos a lo largo de nuestra vida, personificada en todas las mujeres, un género que es percibido por nosotras mismas, como inferior y poco confiable.

 

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Cualquier cosa que haya ocurrido en esa temprana relación, es la más importante y la que primero debemos sanar, porque si no hemos integrado el alimento emocional como algo a lo que tenemos derecho de manera incondicional, afrontaremos la vida desde una sensación inconsciente de inferioridad. 

Siempre intentando suplir esta condición, haciendo más cosas de las que hace un hombre, exigiéndonos más, haciendo más en el trabajo, llenándonos de títulos académicos, intentando ser perfectas físicamente, cumpliendo con todos los roles con un diez aclamado, sin que nada sea suficiente.

Y aun así, es posible que la abundancia e independencia financiera nos sigan siendo esquivas, si no esto, las relaciones carecerán del equilibrio adecuado y lo que es peor, negaremos la integración de nuestro género como la mayor fortaleza y respaldo que tenemos, para convertirlo en una competencia desleal y permanente, que en lugar de construir, ha terminado dividiendo familias, empresas y comunidades.

Sanar la relación con la madre pasa por aceptar que tuvimos la madre perfecta para aquello que vinimos a trabajar y a aprender, entender que hizo lo mejor que pudo desde su propio nivel de consciencia, y lo más importante: dejar de juzgarla desde un lugar en el que se ubica quien se siente superior.

No eres mejor, ni superior a tu madre, aunque creas que hubieras hecho las cosas de otra manera o mejor, si hubieras tenido la infancia que ella tuvo, su contexto de vida, sus padres, sus creencias, ¡serias ella y habrías hecho exactamente lo mismo!

¡Mírala de frente! recibe de ella el mayor regalo que se puede recibir y cuya deuda es impagable: Tu vida misma, que es un milagro, hónrala desde la posición más humilde que te sea posible y con la máxima gratitud. Solo así podrás sanar esa primera herida que arrastras y sigues recreando a través de tus relaciones y experiencias de vida.

 

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Cuando somos capaces de recibir a la madre sin condiciones, ni editoriales, sin sentir que debo perdonarle o enseñarle algo, restablecemos el vínculo con la nutrición emocional de la vida, nos reconciliamos con nuestro merecimiento y abundancia en todas áreas y solo ahí podremos iniciar la siguiente etapa y reto más importante:

¡Aprender a ser nuestra propia madre!

 

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¿Cómo y cuándo estamos siendo nuestra propia madre?

  1. Cuando aprendemos a cuidarnos y ponernos en primer lugar, atendemos nuestras necesidades físicas y emocionales, alimentarnos bien, descansar lo suficiente, decir no cuando no queremos hacer algo.
  2. Cuando empezamos a poner límites y exigimos equilibrio en nuestras relaciones, entre lo que damos y recibimos.
  3. Dedicamos tiempo a nuestros propios sueños, proyectos o actividades, sin ningún tipo de culpa.
  4. Cuando podemos mirarnos al espejo con amor y sin criticarnos, lanzándonos siempre una mirada de aprobacion, admiración y respeto.
  5. Cuando podemos ser compasivas con nuestros errores y tropiezos, darnos ánimo, sin saltar como unas brujas tiranas a castigarnos.
  6. Actuamos como nuestras propias madres, cuando aceptamos que el crecimiento es un proceso, y que equivocarnos hace parte del camino, haciéndolo más enriquecedor, dejamos de competir, y empezamos a construir desde la colaboración, ya no hacemos parte de la base de la pirámide, ni intentamos llegar hasta la punta, porque entendemos que nuestro lugar es el círculo, como es el útero.
  7. Cuando nos hacemos cargo de nuestros resultados, dejamos de culpar a otros, por nuestros sentimientos y experiencias, asumimos entera responsabilidad por nuestra propia vida, desaparecen los culpables porque entendemos que han sido perfectos maestros y espejos de nuestras áreas oscuras e ignoradas.
  8. Somos nuestra propia madre, cuando empezamos a enfrentar nuestros miedos y fantasmas, decidimos mirarlos de frente, ya no los ignoramos más, pero con miedo, rabia o tristeza seguimos adelante, no esperamos que algo externo o un tercero venga a rescatarnos ni a sacarnos de nuestro estado, para resolver todos nuestros problemas.

Nos convertimos en nuestra propia madre entonces, cuando logramos sentir que ser mujer ha sido nuestro mayor regalo y legado y nos permitimos hacer parte del cambio de paradigma como un ser sanado e integrado, pero desde adentro.

 

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