
La vida trae momentos de dolor, y aun así, es perfecta.
Pero como bien lo dijo mi maestro Joan Garriga: "En lugar de ser discípulos de la vida, nos volvemos detractores y opositores de ella"
Y citando también a Buda, "El dolor es inevitable, el sufrimiento, es opcional "
Porque para sufrir en realidad, hay que esforzarse, poner nuestro empeño en luchar porque quiero que la vida sea de otra manera.

El dolor es un movimiento, y el sufrimiento es una posición en la que nos instalamos, para lo cual necesitamos personajes que asumimos como nuestra identidad: La víctima, que no quiere dejar de ser víctima, y para eso se las arregla para seguir encontrando culpables, el perfeccionista que se mantiene en el rol de tirano consigo mismo, repitiéndose lo imperfecto que es, temiendo constantemente el rechazo del entorno, el controlador que huye de la traición pero sofocando a quienes le rodean termina logrando que cumplan su profecía y le traicionen, el vengador que con su herida de injusticia dedica a su vida a una reivindicación constante, con lucha permanente y muchas situaciones de injusticia en las que se perpetua constantemente y asi de manera interminable están todas las mascaras de las que nos apropiamos para mantenernos en la rueda del sufrimiento.
En fin, tenemos muchas formas de instalarnos en el "Yo infeliz", y aunque pareciera fácil quedarse en ese estado, supone un gran esfuerzo: estar mirando constantemente el jardín del vecino que vemos más verde, desconociendo su mérito y amargándonos por su "buena suerte".
Hallar culpables externos de nuestra amargura: el Gobierno, la sociedad, el jefe explotador, fuerzas oscuras o malignas, el paso del tiempo, la injusticia social, el ex o la ex, etc, etc.

Les aseguro que hacernos cargo de nuestra desdicha o felicidad es más fácil de lo que se cree:
1. Empieza por concederte el regalo de conocerte a ti mismo, abrazar esas partes de ti que no te gustan o no te enorgullecen, aceptarlas como partes propias y necesarias para vivir plenamente, como un ser integrado y no como los tantos mutilados emocionales, que caminan por la vida, reprimiéndose, intentando complacer a todos, buscando no desagradar a nadie, y esperando la llegada de los años.

2. Decirle sí a la vida, exige también darle la bienvenida a todas las emociones, incluso a las desagradables, a veces la desdicha proviene justamente de evitar sentir o mirar una tristeza o no permitirle a un enfado expresarse.
3. Mirar nuestras heridas y sanarlas supone hablar de ellas, sentirlas en el cuerpo y aceptar las cicatrices que dejaron, sin luchar o revelarnos contra lo que ocurrió, aceptar que fue perfecto, aun a pesar del dolor que causó.
3. Mirar nuestras heridas y sanarlas supone hablar de ellas, sentirlas en el cuerpo y aceptar las cicatrices que dejaron, sin luchar o revelarnos contra lo que ocurrió, aceptar que fue perfecto, aun a pesar del dolor que causó.
4. Ocupar nuestro lugar en el mundo, ser hijos, no hacer de padres con nuestros padres, o no hacer de hijos con nuestras parejas o nuestro jefe. Ocupar nuestro lugar y respetar la jerarquía a quien la tiene: tendrán prioridad, por tanto, nuestros padres, la primera mujer de mi pareja o sus hijos, etc.

Reposicionarnos es aceptar nuestro lugar en el mundo, dejo de reclamar a mis padres lo que no pudieron o no supieron darme, y me hago cargo de ese niño herido, honrando lo que fue.
5. Finalmente abrirle espacio a la culpa buena, y que mi querido Joan Garriga llama "La deslealtad dichosa" Esa que se siente cuando se actúa en contravía de un mandato o una creencia instalada y aceptada sin cuestionarla y a la que soy leal de manera inconsciente, para sentir que pertenezco o sencillamente por un "Amor ciego".
Como aquel que lleva a una Mujer al querer ser leal con su madre, a NO permitirse tener una pareja armoniosa, o una sexualidad satisfactoria, porque su madre no lo tuvo, o no se permite ejercer una profesión que le gusta porque es leal con el mandato del padre, que quiere un abogado en la familia.
Se elige entonces en la gran mayoría de casos ser leal y a la vez desdichado...
Es necesario romper esa lealtad, sentirse culpable por ello, asumirlo y sostenerlo, como el paso necesario a la adultez emocional.

Te invito entonces a convertirte en un verdadero discípulo de la vida, porque en efecto, como lo dijo Eladia Blázquez: "No es lo mismo que vivir, ¡Honrar la vida!
PAULA LILIANA GONZALEZ GOMEZ
Especialista en Bioneuroemoción
Coach en Programación Neurolingüística