El dolor como cualquier emoción viene de un movimiento vital, necesita un camino hasta desvanecerse, por eso congelar o reprimir una emoción es tan peligroso, porque la eterniza y la mantiene inmutable en nosotros.
¿Quién quiere en realidad permanecer preso de un enojo o secuestrado por una tristeza?
¿Cuántos de nosotros no hemos sentido por lo menos alguna vez una profunda decepción frente a una expectativa que nos formamos con alguien, con una relación, un trabajo, un viaje y en general con cualquier experiencia?